El día que aprobé mis oposiciones como profesor de Enseñanza Secundaria fue, junto a otros pocos y elegidos días, uno de los momentos más felices de mi vida. La razón no era porque, como podrán pensar algunos, me había asegurado un porvenir (cosa que por otra parte no niego) sino porque entré en el mundo de la enseñanza por una serie de conjunciones que no vienen al caso y desde el primer momento entendí y comprendí que mi vocación era la de enseñar. Cuando consigo “conectar” con mis alumnos (eso que algunos llaman el proceso de “enseñanza-aprendizaje”), cuando veo que entienden lo que les explico y saben como aplicarlo a la realidad, aún me estremezco por dentro.
Por varios centros he pasado impartiendo clase y de momento, donde más a gusto he trabajado, es en este en el que estoy ahora. Creo que tengo compañeros formidables y excelentemente preparados para la dura tarea de enseñar, y a veces, de educar.
Sin embargo, he de decirlo, tengo un compañero que me saca de quicio. Llamémosle Mr. Eg (por lo de Enano Gruñón).
Para empezar, este compañero se equivocó de destino. Debería haber sido profesor de universidad, donde los alumnos se comportaran modélicamente y fuesen capaces de reírles sus bromas por un aprobado.
Sus virtudes son varias: es capaz de desquiciar a cualquiera, él es siempre el mejor y siempre se atribuye todo, cree que todo el Claustro está contra él (excepto su reducido círculo de amistades que no comprendo como lo aguantan), en ocasiones al cruzarte con él te mira de forma enojosa sin tú saber cual es la causa (¡Dios mío, hoy me he peinado como a él no le gusta!, piensa uno), a parte de otros muchos detalles muy esclarecedores de su personalidad…
Mi padre me enseñó que siempre se debe intentar dar el máximo en el trabajo, y ese es uno de mis lemas. También a ser diplomático y evitar las confrontaciones (o lo habré aprendido con la edad, no sé). No obstante, Mr. Eg está consiguiendo hacerme perder la paciencia…
Todo lo que pide por esa boca (porque él cree que está mal o no le gusta), se cambia y, aún así, uno se calla para evitar enfrentamientos. Pero esta persona sigue obstinada en “torpedear” a cualquiera porque no se realizan las cosas como él quiere…
Su afán de protagonismo raya en la locura, y cuando se le intenta dar participación, realiza sublimemente “un mutis por el foro”, y que otros se encarguen.
Sinceramente me da mucha lástima. Ningún día de su vida será totalmente feliz y como esa sensación yo la tengo a menudo, creo que su sufrimiento es penoso…Además sus alumnos lo sufren “en silencio” como las hemorroides.
Por su bien y por el de todos, ojalá algún día vea la luz. Entonces todos descansaremos.
